Se llevó a cabo el rezo del Via Crucis en la Santa Iglesia Catedral este Viernes Santo

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Sacramento Arias Montoya, rector de la Santa Iglesia Catedral, encabezó el rezo del Via Crucis este Viernes Santo.

Monseñor Arias destacó la oportunidad que tenemos de involucrarnos en las escenas al tratarse de un día contemplativo, donde recordamos la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

En la Primera Estación: Jesús es condenado a muerte de Cruz, se reflexionó sobre Jn 19,5 ¡Eh aquí al hombre!

También se meditó acerca de Zac 13,6, donde es mencionado que el corazón se estremece al contemplar la Santísima Humanidad del Señor hecha una llaga. Entonces le preguntarán: ¿Qué heridas son esas que llevas en tus manos? Y Él responderá: son las que recibí en la casa de los que me aman.

Mira a Jesús, cada sufrimiento es un reproche, cada azote un motivo de dolor por tus ofensas y las mías.

Durante la Segunda Estación: Jesús carga con la Cruz, y fue dicho que, como para una fiesta fue preparado un cortejo, una larga procesión. Los jueces quieren saborear su victoria con un suplicio lento y despiadado. Jesús no encontrará la muerte en un abrir y cerrar de ojos… Le es dado tiempo para que el dolor y el amor se sigan identificando con la voluntad amabilísima del Padre. «En cumplir tu voluntad, Dios mío, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón está tu ley (Sal 39,9).

Jesús cae por tercera vez bajo la Cruz, dice la Tercera Estación, momento en que es recordado ¡Cuántos, con la soberbia y la imaginación, se meten en unos calvarios que no son de Cristo! La Cruz que debes llevar es divina. No quieras llevar ninguna humana. Si alguna vez cayeras en este lazo, rectifica enseguida: te bastará pensar que Él ha sufrido infinitamente más por amor nuestro.

Durante la Cuarta Estación: Jesús encuentra a María, su santísima madre, fue citado Lc 22, 42, ¿Qué hombre no lloraría, si viera a la Madre de Cristo en tan atroz suplicio? Sí, su hijo herido… Y nosotros lejos, cobardes resistiéndonos a la voluntad divina. Madre y Señora mía, enséñame a pronunciar un sí que, como el tuyo, se identifique con el clamor de Jesús ante su padre: no se haga mi voluntad, sino la de Dios.

En la Quinta Estación: El Cirineo ayuda a Jesús con la Cruz. Por ver feliz a la persona que ama, un corazón noble no vacila ante el sacrificio. Por aliviar un rostro doliente un alma grande vence la repugnancia y se da sin remilgos… Y Dios ¿Merece menos que un trozo de carne que un puñado de barro? Aprende a modificar tus caprichos. Acepta la contrariedad sin exagerarla, sin aspavientos, sin histerismos, Y harás más ligera la Cruz de Jesús.

Sexta Estación: Una piadosa mujer limpia el rostro de Jesús. Nuestros pecados fueron la causa de la Pasión, de aquella tortura que deformaba el semblante amabilísimo de Jesús, perfecto Dios, perfecto hombre. Y son también nuestras miserias las que ahora nos impiden contemplar al Señor, y nos presenta opaca y contrahecha su figura. Cuando tenemos turbia la vista, cuando los ojos se nublan, necesitamos ir a la luz. Y Cristo ha dicho yo soy la luz del mundo (Jn 8,12). Y añade: el que me sigue no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida.

Jesús cae por segunda vez en la Séptima Estación, donde se meditó cuando alguna ocasión fue dicho: ¡Este momento la estoy pasando muy mal; es insoportable mi situación! Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecita de esa Cruz, solo una parte pequeña. Y ni siquiera así puedes con ella, déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Pero, ya desde ahora, repite conmigo: ¡Señor Dios mío: en tus manos abandono lo pasado, lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno! Y quédate tranquilo: Mi yugo es suave.

Durante la Octava Estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén, fue reflexionado cuando vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron (Jn 1,11). Más aún, lo arrastran fuera de la ciudad para crucificarle. Jesús responde con una invitación al arrepentimiento, ahora, cuando el alma está en camino y todavía es tiempo. Contrición profunda por nuestros pecados. Dolor por la malicia inagotable de los hombres que se apresta a dar muerte al Señor. Reparación por los que todavía se abstienen en hacer estéril el sacrificio de Cristo en la Cruz.

Jesús cae por tercera vez bajo la Cruz en la Novena Estación, etapa en que se recuerda que ya no puede el Señor levantarse: tan gravoso es el peso de nuestra miseria. Como un saco lo llevan hasta el patíbulo. El deja hacer en silencio.

Humildad de Jesús. Anonadamiento de Dios que nos levanta y ensalza. ¿Entiendes ahora por qué te aconsejé que pusieras tu corazón en el suelo para que los demás pisen blando?

Despojan a Jesús de sus vestiduras en la Décima Estación, del pretorio al Calvario han llovido sobre Jesús los insultos de la plebe enloquecida, el rigor de los soldados, las burlas del sanedín… Escarnios y blasfemias… Ni una queja, ni una palabra de protesta. Tampoco cuando, sin contemplaciones, arrancan de su piel los vestidos. Aquí veo la insensatez mía de excusarme, y de tantas palabras vanas.

Mi propósito firme: al menos, trabajar y sufrir por mi Señor, en silencio.

La Décima Primera Estación: Jesús es clavado en la Cruz, acentúa que antes de empezar a trabajar, pon sobre tu mesa o junto a los útiles de tu labor, un Crucifijo. De cuando a cuando, échale una mirada, cuando llegue la fatiga, los ojos se te irán hacia Jesús, y hallarás nueva fuerza para proseguir en tu empeño. Porque ese Crucifijo es más que el relato de una persona querida -los padres, los hijos, la novia, la esposa-

Él es todo: tu padre, hermano, amigo, Dios, y el Amor de tus amores.

La muerte de Jesús en la Cruz se recuerda en la Décimo Segunda Estación. En esta etapa se hizo la reflexión sobre una Cruz, un cuerpo cosido con clavos al madero. El costado abierto… Con Jesús quedan sólo su Madre, unas mujeres y un adolescente. Los apóstoles, ¿Dónde están? ¿Y los que fueron curados de sus enfermedades: los cojos, los ciegos, los leprosos? ¿Y los que le aclamaron? Nadie responde. Cristo rodeado de silencio.

También tú puedes sentir algún día la soledad del Señor en la Cruz. Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia.

La Décima Tercera Estación, precisa cuando fue Jesús bajado de la Cruz, y se especifica, si quieres ser fiel se muy mariano. Nuestra Madre, desde la embajada del Ángel, hasta su agonía al pie de la Cruz, no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús. Acude a María con tierna devoción de hijo, y ella te alcanzará esa lealtad y abnegación que deseas.

La Décimo Cuarta Estación: Jesús es colocado en el sepulcro, enfatiza acerca de Is 49,15, cuando me siento capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido todas las personas más ruines, comprendo bien que puedo no ser fiel. Pero esa incertidumbre es una de las bondades del amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de Él.

Al concluir las estaciones, Arias Montoya, hizo notar que, hemos recordado todo el dolor padecido por Jesucristo a causa del pecado de la humanidad.

Después de haber puesto atención a lo dicho, identifica tres clases de personas en el Via Crucis, las primeras son quienes ayudaron a Jesús, después quienes lo hicieron sufrir y por último, otras que fueron indiferentes. ¿Dónde estamos nosotros?

Algunas mujeres, la Virgen María, Simón de Cirene, el apóstol Juan, Nicodemo y José de Arimatea, son algunas de las muy pocas personas que le brindaron respaldo, en tanto que, los gobernantes, Jueces, escibas, fariseos, sacerdotes, soldados, su discípulo que lo traicionó, el que lo negó y los que se escondieron, así como los individuos que levantaron falsos testimonios, lo hicieron sufrir, pero quizá la mayoría fueron indiferentes.

Ojalá estemos en quienes somos sensibles y hagamos algo por las personas que padecen, porque hoy el sufrimiento está presente en el mundo, ante tanta mentira, corrupción e impunidad parece crecer la cultura de muerte, destacó el padre Sacramento, al remarcar que hoy por hoy, continúa repitiéndose el Via Crucis, hay personas que hacen daño al hermano.

Para finalizar su intervención subrayó que, peor resulta si estamos en el grupo de los indiferentes ante el dolor que hay alrededor. La indiferencia es complicidad y se relaciona con el pecado de omisión. Hace falta que seamos mejores ciudadanos.

 

 

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